No sé si he tenido días peores que este, pero desde luego no los recuerdo. El mundo se me escapa entre los dedos, la realidad como una luz líquida, deslizándose de mis manos. Sin poder asirla, sin poder sostenerme en nada. Sin poder comer, sin poder dormir, sin poder trabajar, sin poder respirar. No deberían quedar más lágrimas, y no sé de dónde pueden estar saliendo estas.
Los pilares de tu existencia se derrumban, las razones por las que escogiste ese trabajo, por las que vivías en ese lugar, por las que vestías de ese modo, ya no existen. Todo estaba construido alrededor de un único punto singular al que voluntariamente decidiste proporcionarle significado por sí mismo. Un punto singular que creíste inamovible, inmutable, imperecedero. Y, al desaparecer, el sistema binario de estrellas deja de tener un eje sobre el que rotar. La segunda estrella pierde su órbita, su sentido del ser, y sale disparada hacia el resto de astros que no pueden hacer otra cosa sino asistir al espectáculo, incapaces de decir nada. Esperando la colisión.
Todo son dos. Las fotos. Las fotos me hacen caer al suelo. Las piernas no me funcionan. Ni siquiera sabes pensar en términos de uno, ya tan acostumbrado al dos. Yo no sé. No sabes ni cómo solucionar el problema, ya que ella estaba ahí para ayudarte a solucionar los problemas, y ahora sólo hay uno. Yo no sé.





